Así como sucede con el rojo, con el sombrero negro más que generar pensamiento negativo lo vamos a limitar, pues se le dará su momento y no dejaremos, como en el caso de las emociones, que se desborde la negatividad sin ser conscientes de ello. Si tenemos una actitud hacia el sombrero negro, debemos basar toda nuestra experiencia pasada en la explicación objetiva de esta negatividad, por eso es negativo objetivo. Con el sombrero negro podemos decir “ No creo que la rebaja de precios vaya a funcionar porque por nuestras experiencias anteriores………”. Es decir negativo objetivo, en donde se le da una real dimensión a la parte de crítica. Como dijimos ,es fácil ser negativo porque a una idea es fácil encontrarle lo que no funciona (esto puede ser una pequeña parte), ¿será tan fácil ser positivo? La fórmula implícita en toda religión y moral reza “¡Haz esto y aquello, no hagas esto ni aquello; así alcanzarás la felicidad! De lo contrario…” Toda moral, toda religión, es este imperativo, al que yo llamo gran pecado original de la razón, inmortal sinrazón. En boca mía, esa fórmula se convierte en su inversión, primer ejemplo de mi “transmutación de todos los valores”: el hombre armonioso, el “afortunado”, no puede meteos que cometer determinados actos e instintivamente rehúye otros; introduce el orden que fisiológicamente encarna en sus relaciones con los hombres y las cosas. He aquí la fórmula correspondiente: su virtud es el efecto de su felicidad… La vida larga y la prole numerosa no son el premio de la virtud, sino que la virtud es ese retardo del metabolismo que, entre otras cosas, determina también una vida larga y una prole numerosa, en una palabra, el cornarismo. La Iglesia y la moral dicen: “el vicio y el lujo arruinan a los linajes y a los pueblos”. Mi razón restaurada dice: “cuando un pueblo se arruina, cae en la degeneración fisiológica y se originan el vicio y el lujo (esto es, la necesidad de estímulos cada vez más fuertes y más frecuentes, como la conoce todo ser agotado). El joven se debilita prematuramente. Sus amigos afirman que la culpa la tiene tal enfermedad. Yo afirmo que el hecho de que ese joven haya enfermado, no haya resistido a la enfermedad, es la consecuencia de una vida empobrecida, de un agotamiento congénito. El lector de diarios dice que tal partido labra su propia ruina por tal error. Mi política superior, en cambio, dice que un partido que comete tal error está arruinado; que ha perdido la seguridad de sus instintos. Todo error, en todo sentido, es la consecuencia de degeneración de los instintos, de disgregación de la voluntad; lo malo queda así indefinido. Todo lo bueno es instinto y, por ende, fácil, necesario, libre. El esfuerzo es una objeción, el dios es típicamente distinto del héroe (dicho en mi propio lenguaje: los pies alados son el atributo primordial de la divinidad). Explicación sicológica de lo antedicho.-Reducir algo desconocido a algo conocido alivia, reconforta, satisface y proporciona una sensación de poder. Lo desconocido involucra peligro, inquietud y zozobra; aplícase el instinto primordialmente a eliminar estos estados penosos. Primer principio: cualquier explicación es preferible a ninguna explicación. Como en definitiva se trata tan sólo de un afán de librarse de representaciones penosas, se echa mano de cualquier medio que se ofrece con tal de quitárselas de encima, sin discriminar mayormente; cualquier representación mental en virtud de la cual lo desconocido se dé por conocido resulta tan reconfortante que se la “cree cierta”. Es la prueba del placer (“de la fuerza”) como criterio de la verdad. El impulso causal está, pues, determinado y excitado por el temor. El “¿por qué?” debe dar en lo posible no la causa por la causa misma, sino determinado tipo de causa: una causa que tranquilice, redima, alivie. El que algo ya conocido, experimentado, grabado en la memoria, sea establecido como causa es la primera consecuencia de esta necesidad íntimamente sentida. Lo nuevo, no experimentado, extraño, queda excluido como causa. De modo que se busca como causa no un tipo de explicaciones, sino un tipo escogido y preferido de explicaciones, aquel que con más rapidez y frecuencia haya eliminado la sensación de lo extraño, nuevo, jamás experimentado las explicaciones más corrientes. Como consecuencia de esto, un determinado tipo de motivación causal prevalece cada vez más, se reduce a sistema y llega al fin a dominar, con exclusión de otras causas y explicaciones. El banquero piensa en seguida en el “negocio”, el cristiano en el “pecado” y la muchacha en su amor. El hecho de que todo el mundo reconozca semejante progreso basta, en realidad, para ponerlo en tela de juicio… Los hombres modernos, muy delicados, muy vulnerables, perdidas mil contemplaciones, creemos, en efecto, que esta tierna humanidad que representamos, este acuerdo logrado en la consideración, la solicitud y la mutua confianza es un progreso positivo; que con esto somos muy superiores a los hombres del Renacimiento. Así piensa, porque no puede menos de pensar, toda época. Lo cierto es que debía estarnos vedado situarnos, siquiera mentalmente, en estados de cosas renacentistas; nuestros nervios, y no digamos nuestros músculos, no soportarían semejante realidad. Mas esta incapacidad no prueba un progreso, sino tan sólo un natural diferente, más tardío; uno más débil, más tierno, más vulnerable, del que necesariamente deriva una moral pródiga en contemplaciones. Si descontamos mentalmente nuestra condición delicada y tardía, nuestro envejecimiento fisiológico, nuestra moral de la “humanización” pierde al instante su valor, ninguna moral tiene valor por sí; hasta se nos aparecerá despreciable. No dudamos, por otra parte, de que los modernos, con nuestra humanidad acolchada, ansiosa de no golpearse contra ninguna piedra, seríamos para los contemporáneos de Cesare Borgia un espectáculo en extremo ridículo. En efecto, sin quererlo, somos pintorescamente graciosos con nuestras “virtudes” modernas… La merma de los instintos hostiles y susceptibles de despertar recelo, y tal es, en definitiva, nuestro “progreso”, no es sino una de las consecuencias de la merma general de la vitalidad; salvaguardar una existencia tan condicionada, tan tardía, requiere cien veces más esfuerzo y cautela que antes. Entonces, los hombres se ayudan unos a otros; entonces, cada cual es hasta cierto punto enfermo y cada cual es enfermero. Entonces, a esto se llama “virtud”, entre hombres que conocían una vida distinta, más plena, más pletórica y portentosa, se le habría llamado de otro modo: “cobardía” acaso, “vileza”, “moral de viejas”… Nuestra suavización de las costumbres, tal es mi tesis, y si se quiere, mi innovación, es una consecuencia de la decadencia; la dureza y violencia de las costumbres, en cambio, bien puede ser la consecuencia de un excedente de vitalidad: pues en tal caso mucho puede ser arriesgado, mucho desafiado, mucho también derrochado. Lo que en un tiempo fue condimento de la vida, para nosotros sería veneno… Somos también demasiado viejos, demasiado tardíos, como para ser indiferentes, lo cual es asimismo una forma de la fuerza. Nuestra moral de la simpatía, contra la cual siempre he prevenido, aquello que pudiera llamarse l’impressionisme morale, es una expresión más de la irritabilidad fisiológica propia de todo lo decadente. Ese movimiento que con la moral schopenhaueriana de la compasión ha hecho una tentativa de presentarse envuelto en ropaje científico, ¡tentativa muy desafortunada, por cierto!, es el movimiento de la decadencia propiamente dicho en la moral, y como tal íntimamente afín a la moral cristiana. Las épocas fuertes, las culturas aristocráticas, desprecian la compasión, el “amor al prójimo”, la falta de propio ser y de conciencia del propio ser. A las épocas hay que juzgarlas por sus fuerzas positivas, y entonces aquella época derrochadora y pródiga en fatalidad del Renacimiento aparece como la última época grande, y la de nosotros, los modernos, con nuestro enervado cuidado de nuestra propia persona y amor al prójimo, con nuestras virtudes de la laboriosidad, la sencillez, la ecuanimidad y el rigor científico, recopiladores, económicos, maquinales, como una época débil… Nuestras virtudes están condicionadas, provocadas por nuestra debilidad… La “igualdad”, cierta igualación efectiva que en la teoría de la “igualdad de derechos” no hace más que formularse, es un rasgo esencial de la decadencia; en cambio, la diferencia entre los individuos y las clases, la multiplicidad de los tipos, la voluntad de individualidad y diferenciación, aquello que yo llamo el pathos de la distancia jerárquica, es propio de todas las épocas fuertes. La tensión y envergadura entre los extremos disminuyen ahora sin cesar; los extremos mismos terminan por desdibujarse hasta el punto de confundirse… Todas nuestras teorías políticas y Constituciones, el “Reich alemán” inclusive, son conclusiones, consecuencias lógicas de la decadencia; la gravitación inconveniente de la décadence ha llegado a prevalecer hasta en los ideales de las distintas ciencias. Mi objeción contra toda la sociología inglesa y francesa es que conoce por experiencia únicamente las formas de una sociedad decadente y con todo candor toma los propios instintos de la decadencia como norma del juicio de valor sociológico. La vida descendente, la merma de toda fuerza organizadora, esto es, separadora, diferenciadora, jerarquizante, se formula en la sociología de ahora como ideal… Nuestros socialistas son un montón de décadents; pero también el señor Herbert Spencer es un décadent: ¡juzga deseable, por ejemplo, el triunfo del altruismo No puedes imaginarte como te hecho de menos… Aquí no tengo a nadie a quien confiar el lado bueno y el malo de mi vida, y esto es para mí una sensación nueva. Por si fuera poco, tampoco simpatizo con ninguno de mis colegas… Acabo de obtener el doctorado, y este hecho supones para mí la confesión más vergonzosa de ignorancia. La profesión de filólogo cada vez se aleja más de cualquier aspiración crítica, fuera de los horizontes del helenismo. Dudo incluso si devendré algún día un auténtico filólogo. Si la casualidad no me ayuda, no lo lograré de ninguna forma. El motivo es que, por desgracia, carezco de modelos, y me veo a mí mismo acercándome a pasos agigantados al abismo de la pedantería… ¡Que no daría yo por vivir juntos los dos!… He dado una conferencia sobre Sócrates y la tragedia que ha provocado un gran revuelo, amén de interpretaciones equivocadas, pero me ha servido para estrechar aún más si cabe los lazos con mis amigos de Tribschen. Espero que mi suerte cambie: hasta Richard Wagner me ha sugerido de la forma más enternecedora el destino que considera más apropiado para mí… Ciencia, arte y filosofía forman un amasijo tan informe en mi interior que puede que algún día engendre monstruos. Convendremos, en qué sentido precisamente ese fenómeno de nuestra vida moderna, y para hablar con propiedad, de la Europa cristiana y su Estado, ante todo la “civilización” romana ahora predomínate en todas partes, descubren la enorme tara que afecta a nuestro mundo: todos nosotros, con todo nuestro pasado, somos culpables, de semejante terror manifestado a la luz del día: de modo que, desde lo alto del sentimiento por nosotros mismos, deberíamos estar muy lejos de querer imputar el crimen de un combate contra la cultura a estos desdichados. Sé lo que quiere decir esto: el combate contra la cultura. La noticia del incendio parisino [se refiere a los episodios de La Comuna y a la noticia falsa y que para esta época él ya debía saber que era falsa del incendio del Louvre] me dejó anonadado durante varios días, me deshacía en lagrimas y dudas: empecé a ver el conjunto de nuestra existencia científica, filosófica y artística como un absurdo, porque un solo día basta para borrar las supremas maravillas quizá de periodos enteros del arte: me aferré con firme convicción al valor metafísico del arte, que no puede existir por culpa de la pobre gente, pero debe cumplir misiones más altas. Pero, a pesar de mi extremo pesar, no estaba en condiciones de arrojar la más mínima piedra a esos profanadores, que, para mí, sólo eran agentes de la culpabilidad universal, ¡sobre la que hay tanto que meditar! Estimado señor consejero privado: espero que no se molestara usted si le digo, con absoluta franqueza, que me asombra no haber escuchado de sus labios la más mínima palabra amable sobre el libro que acabo de publicar [El nacimiento de la tragedia], sobre todo porque se trata de una especie de manifiesto, y desde luego, invita a todo menos al silencio. Probablemente el asombrado será usted, respetado maestro, si continúa leyendo: yo creía que de encontrar usted algo prometedor en su vida sería este libro, prometedor para el conocimiento que tenemos de la Antigüedad, prometedor para el espíritu alemán, aun cuando cierto individuos tuvieran que perecer por ello. En efecto, por mi parte al menos, yo no dejaría de extraer de mis puntos de vista todas las consecuencias prácticas que ellas comprenden, y usted se hará una idea de ello si yo doy aquí conferencias públicas Sobre el porvenir de nuestros establecimientos educativos. Me siento –puede usted creerlo– desprovisto de ambiciones y prudencias personales; y no buscando nada para mí, es para los demás que espero hacer algo. –Lo que más me importa es adueñarme de la joven generación de filólogos, y pensé que sería un pobre signo el que no pudiera conseguirlo. Su silencio, pues, me intranquiliza un poco. No es que haya dudado ni un solo instante de su simpatía por mí, de la cual fui de una vez por todas persuadido, pero precisamente por esa simpatía podría interpretar esto ahora como una especie de recelo personal para conmigo. Es para disiparlo que le escribo
Hacer un pan como unas hostias.
Tomemos como ejemplo la minería. En ella no se emplea para nada materia prima, puesto que el objeto de trabajo, el cobre por ejemplo, es un producto natural que se apropia precisamente mediante el trabajo. El cobre que se trata de apropiar, el producto del proceso de trabajo, que más tarde circula como mercancía o como capital–mercancías, no constituye un elemento del capital productivo. No se invierte en él ninguna parte del valor de éste. Por su parte, los demás elementos del proceso de producción, la fuerza de trabajo y las materias auxiliares, lo mismo que el carbón, el agua, etc., no entran tampoco a formar parte material del producto. El carbón se consume totalmente y sólo se incorpora al producto su valor, del mismo modo que pasa a formar parte de él una parte del valor de la máquina, etc. Finalmente, el obrero se mantiene con la misma independencia frente al producto, al cobre, que la máquina. Lo único que forma parte integrante del valor del cobre es el valor que el obrero produce con su trabajo. Por tanto, en este ejemplo ni un solo elemento del capital productivo cambia de mano (de master); ninguno de ellos sigue circulando, pues ninguno de ellos entra a formar materialmente parte del producto. ¿Dónde queda, pues, aquí el capital circulante? Según la propia definición de A. Smith, todo el capital empleado en una mina de cobre sería capital fijo. Escorts independientes de Madrid Si prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha tenido hasta ahora ningún sentido. Su existencia sobre la tierra no ha albergado ninguna meta; «¿para qué en absoluto el hombre?» ––ha sido una pregunta sin respuesta; faltaba la voluntad de hombre y de tierra; ¡detrás de todo gran destino humano resonaba como estribillo un «en vano» todavía más fuerte! Pues justamente esto es lo que significa el ideal ascético: que algo faltaba, que un vacío inmenso rodeaba al hombre, –– éste no sabía justificarse, explicarse, afirmarse a sí mismo, sufría del problema de su sentido. Sufría también por otras causas, en lo principal era un animal enfermizo: pero su problema no era el sufrimiento mismo, sino el que faltase la respuesta al grito de la pregunta: «¿para qué sufrir?» El hombre, el animal más valiente y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimiento: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para––esto del sufrimiento. La falta de sentido del sufrimiento, y no este mismo, era la maldición que hasta ahora yacía extendida sobre la humanidad, –– ¡y el ideal ascético ofreció a ésta un sentido! Fue hasta ahora el único sentido; algún sentido es mejor que ningún sentido; el ideal ascético ha sido, en todos los aspectos, el fuute de mieux [mal menor] par excellence habido hasta el momento. En él el sufrimiento aparecía interpretado; el inmenso vacío parecía colmado; la puerta se cerraba ante todo nihilismo suicida. La interpretación ––no cabe dudarlo–– traía consigo un nuevo sufrimiento, más profundo, más íntimo, más venenoso, más devorador de vida: situaba todo sufrimiento en la perspectiva de la culpa… Mas, a pesar de todo ello, –– el hombre quedaba así salvado, tenía un sentido, en adelante no era ya como una hoja al viento, como una pelota del absurdo, del «sin––sentido», ahora podía querer algo, por el momento era indiferente lo que quisiera, para qué lo quisiera y con qué lo quisiera: la voluntad misma estaba salvada. No podemos ocultarnos a fin de cuentas qué es lo que expresa propiamente todo aquel querer que recibió su orientación del ideal ascético: ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de toda apariencia, cambio, devenir, muerte, deseo, anhelo mismo ––¡todo eso significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de la nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!… Y repitiendo al final lo que dije al principio: el hombre prefiere querer la nada a no querer… Escorts San Sebastian Segundo. En el proceso de producción, la fuerza de trabajo comprada constituye ahora una parte del capital en funciones y el propio obrero actúa aquí simplemente como una forma natural específica de este capital, distinta de los elementos del mismo existentes bajo la forma natural de medios de producción. Durante el proceso de producción, el obrero (prescindiendo de la plusvalía) añade a los medios de producción convertidos por él en producto, mediante la inversión de su fuerza de trabajo, un valor igual al de ésta; reproduce, por tanto, para el capitalista, en forma de mercancías, la parte de su capital que éste le adelanta o tiene que adelantarle como salario; le produce un equivalente de éste; produce, por consiguiente, para el capitalista, el capital que éste puede “adelantar” de nuevo para la compra de fuerza de trabajo. http://www.girlsbcn.com.es Por tanto, cuando por un lado se retira de la circulación una parte de la plusvalía realizada en dinero, para acumularla como tesoro, es que al mismo tiempo se convierte constantemente en capital productivo, de otro lado, otra parte de la plusvalía. Sí se exceptúa la distribución de los metales preciosos adicionales en el seno de la clase capitalista, la acumulación en forma de dinero no se opera nunca simultáneamente en todos los puntos. Chicas compañía Barcelona Mientras existe como capital–mercancías o permanece en el mercado, es decir, mientras se encuentra en el intervalo entre el proceso de producción de que procede y el proceso de consumo a que se destina, el producto es mercancía almacenada. Como mercancía en el mercado y, por tanto, en estado de almacenamiento, el capital–mercancías aparece dos veces en cada ciclo: una vez como producto–mercancía del capital en funciones cuyo ciclo se estudia; otra vez, en cambio, como producto–mercancía de otro capital, que tiene que encontrarse en el mercado para poder comprarse y transformarse en capital productivo. Cabe, ciertamente, la posibilidad de que este segundo capital–mercancías se produzca expresamente por encargo. En este caso, se interrumpirá el proceso mientras se produzca. Sin embargo, la marcha del proceso de producción y reproducción exige que una masa de mercancías (medios de producción) figure constantemente en el mercado; es decir, que se halle constantemente almacenada. El capital incluye, asimismo, la compra de fuerza de trabajo, y la forma dinero no es, aquí, más que la forma valor de los medios de vida, que el obrero necesita encontrar, en su mayor parte, en el mercado. En esto nos detendremos más adelante, conforme avancemos en el presente apartado. Por ahora, basta con dejar sentado este punto. Sí nos situamos en el punto de vista del valor–capital en funciones ya convertido en producto–mercancías y pendiente de ser vendido o transformado nuevamente en dinero, es decir, que actúa ya en el mercado como capital–mercancias, veremos que el estado que reviste bajo la forma de almacenamiento constituye una permanencia involuntaria y contraproducente en el mercado. Cuanto más rápidamente se venda, mejor funcionará el proceso de reproducción. La permanencia bajo el cambio de forma M’ – D’ impide el cambio real de materia que tiene que operarse en el ciclo del capital, e impide también su función ulterior de capital productivo. Por otra parte, la existencia constante de la mercancía en el mercado, el almacenamiento de mercancías, es para D – M condición de funcionamiento del proceso de reproducción, así como de la inversión de capital nuevo o adicional. Escorts independientes Madrid Lo que ante todo hace falta, es distinguir la voluntad del albedrío (Wille y Willkühr), teniendo en cuenta que puede existir aquélla sin éste, como lo presupone mi filosofía toda. Albedrío se llama a la voluntad cuando la alumbra el intelecto, siendo, por lo tanto, las causas que le mueven a motivos, es decir, representaciones, lo cual, expresado objetivamente, quiere decir que la influencia del exterior, que es lo que ocasiona el acto, se mediatiza por un cerebro. Cabe definir el motivo diciendo que es un excitante exterior bajo cuyo influjo nace al momento una imagen en el cerebro, imagen por cuya mediación cumple la voluntad el efecto propio, que es una acción vital extrínseca. En la especie humana puede ocupar el lugar de esa imagen un concepto que se ha sacado de anteriores imágenes de esa clase, por remoción de diferencias y que en consecuencia no es ya sensible sino designado y fijado no más que con palabras. Por lo mismo que la eficacia de los motivos en general no va ligada al contacto, pueden medir sus fuerzas influencias, unos con otros sobre la voluntad, esto es, que cabe que se produzca elección. Limítase ésta, en el animal, al estrecho círculo de lo que tiene presente a los sentidos; en el hombre, por el contrario, tiene por campo el amplio espacio de lo por él pensable, los conceptos. Por esto es por lo que se designan cual arbitrarios los movimientos que no se siguen, como los de los cuerpos inorgánicos, a causas, en el sentido estricto de la palabra, ni aun a meros excitantes, como en las plantas, sino a motivos. Estos, empero, presuponen intelecto, como medio que es de los motivos, medio por el que se verifica aquí la causación, no obstante su necesidad toda. Cabe designar también fisiológicamente la diferencia entre excitante y motivo. El excitante (Reiz) provoca la reacción inmediatamente, en cuanto ésta surge de la parte misma sobre que aquél obra; el motivo, por el contrario, es un excitante que tiene que dar un rodeo por el cerebro, donde nace, bajo su influjo, una imagen que es la que en primer lugar provoca la reacción subsiguiente, llamada volición. La diferencia entre movimientos voluntarios e involuntarios, refiérese pues, no a lo esencial y primario, que es en ambos casos la voluntad, sino meramente a lo secundario, la provocación de la exteriorización de la voluntad, o sea si se cumple dicha exteriorización por el hilo de las causas propiamente tales, o de los excitantes, o de los motivos, es decir, de las causas llevadas por el intelecto. En la conciencia humana, que se diferencia de la de los animales en que contiene, no sólo puras representaciones sensibles, sino además conceptos abstractos, que independientes de diferencia de tiempo, obran a la vez y conjuntamente, de donde puede surgir deliberación o conflicto de motivos; en la conciencia humana, digo, entra el albedrío en el más estricto sentido de la palabra, el que he llamado decisión electiva (Wahlentscheidung), y que no consiste más que en que el motivo más poderoso para un carácter individual dado venza a los demás determinando el acto, lo mismo que un choque es dominado por un contrachoque más fuerte, siguiéndose la consecuencia con la misma necesidad con que se sigue el movimiento de la piedra chocada. Sobre esto hállanse acordes todos los grandes pensadores de los tiempos todos, siendo tan cierto esto como que la gran masa jamás verá ni comprenderá la verdad de que la obra de nuestra libertad no hay que buscarla en las acciones aisladas sino en nuestra esencia y existencia. Todo lo cual lo he dejado expuesto del modo más claro posible en mi escrito acerca del libre albedrío. www.girlsvalencia.com La cuota anual de plusvalía o la comparación entre la plusvalía producida durante el año y el capital variable desembolsado en su conjunto (a diferencia del capital variable que refluye durante el año) no es, por tanto, nada subjetivo, sino que es la dinámica real del capital la que engendra por si misma esta contraposición. Para el poseedor del capital A, su capital variable desembolsado = 500 libras esterlinas refluye al final del año, y además se encuentra con 5,000 libras de plusvalía. No es la masa de capital empleada por él durante el año, sino la que refluye periódicamente a él, la que expresa la magnitud de su capital desembolsado. Y los términos del problema aquí planteado no cambian en absoluto por el hecho de que el capital exista al final del año en parte bajo la forma de reserva de producción y en parte bajo la forma de capital–mercancías o capital–dinero, ni por la proporción en que se dividan estas distintas partes. Para el poseedor del capital B, habrán refluido 5,000 libras esterlinas, su capital desembolsado, y además 5,000 libras de plusvalía. Para el poseedor del capital C (del capital que últimamente poníamos como ejemplo, de 5,500 libras), se producirán durante el año 5,000 libras de plusvalía (las 5,000 libras invertidas y una cuota de plusvalía del 100 por 100), pero su capital desembolsado no habrá refluido todavía, ni tampoco la plusvalía producida por él. Acompañantes relax Barcelona estudiada aquí, presupone ciertos procesos históricos vienen a romper la asociación primitiva de los medios de producción con la fuerza de trabajo; procesos históricos por efecto de las cuales se enfrentan la masa del pueblo, los obreros, como no propietarios, y los no obreros como propietarios de estos medios de producción. Nada interesa, para estos efectos, saber qué forma revestía aquella asociación antes de romperse: si el propio obrero figuraba, como un medio de producción entre tantos otros o era, por el contrario, propietario de ellos. Relax en Canarias En los fisiócratas no encontramos ni rastro de esta confusión. La distinción entre los avances annuelles y los avances primitives sólo se refiere a los diferentes periodos de reproducción de las distintas partes del capital, especialmente del capital agrícola; en cambio sus ideas sobre la producción de la plusvalía forman una parte de su teoría independiente de estas distinciones, y además aquella precisamente que ellos destacan como la esencia de su teoría. No explican la formación de la plusvalía a base del capital como tal, sino que la reivindican para una determinada esfera de producción del capital: la agricultura. Saunas Valencia En cualquier otro capital de 500 libras esterlinas que refluye bajo las mismas condiciones, la forma–dinero constantemente renovada es la forma transformada del capital–mercancías producido que se lanza a la circulación cada cuatro semanas y que al venderse –es decir, mediante la sustracción periódica de la suma de dinero con cuya forma entró primitivamente en el proceso– vuelve a recobrar constantemente esta forma–dinero. Aquí, por el contrario, se lanza en cada período de rotación del mismo proceso de producción al proceso de circulación una nueva masa adicional de dinero por valor de 500 libras esterlinas, para sustraer constantemente a él materiales de producción y fuerza de trabajo. Este dinero lanzado a la circulación no vuelve a sustraerse a ella por el ciclo de este capital, sino que aumenta aún más mediante las masas de oro que constantemente se producen de nuevo. Scorts en Barcelona El capital A describe 10 períodos de rotación de cinco semanas cada uno. En el primer período de rotación se desembolsan 500 libras esterlinas de capital variable, lo que quiere decir que cada semana se invierten 100 libras esterlinas en fuerza de trabajo, con un total de 500 libras invertidas en esta atención al final del período de cinco semanas. Estas 500 libras, que primitivamente formaban parte del capital global desembolsado, han dejado de ser capital. Se han gastado en el pago de salarios. Los obreros las gastan, a su vez, en comprar sus medios de subsistencia; es decir, consumen medios de subsistencia por valor de 500 libras esterlinas. Se destruye, pues, una masa de mercancías por importe de este valor (lo que el obrero pueda ahorrar en dinero, por ejemplo, no es tampoco capital). Esta masa de mercancías se ha consumido improductivamente para el obrero, a menos que sirva para mantener en condiciones de funcionar su fuerza de trabajo, que constituye un instrumento indispensable para el capitalista. parejas Dice Adam Smith, libro II, cap. I: “El valor de las semillas hay que considerarlo, en realidad, como si fuera capital fijo”. Por tanto, aquí capital = valor capital: existe en forma “fija”. Aunque [la semilla] va y viene del campo al granero, no cambia de dueño y, por eso, no se puede decir justamente que circula. La ganancia del labrador no consiste en vender la semilla, sino en acrecentarla” (p. 254). La estrechez de visión, aquí, no está en que Smith, como había hecho ya Quesnay, no considere la reaparición del valor del capital constante como4 un factor importante del proceso de reproducción, sino simplemente como un ejemplo más, y además falso, para ilustrar su diferencia entre capital fijo y capital circulante En la traducción que hace Smith de los términos de avances primitives y avances annuelles por “fixed capital” y “circulating capital”, el progreso reside en la palabra “capital”, cuyo concepto se generaliza, independientemente de su proyección especial sobre el radio “agrícola” de acción de los fisiócratas: el retroceso, en concebir y retener las diferencias entre “fijo y “circulante” como diferencias decisivas. masajes barcelona
No estar el horno para bollos.
Comparando entre sí estos tres ejemplos, vemos, en primer lugar, que sólo en el segundo se produce una recuperación sucesiva del capital I, de 500 libras esterlinas, y del capital adicional II, del mismo monto, capitales que aquí discurren separadamente el uno del otro, por la sencilla razón de que, en este caso, se parte del supuesto, muy excepcional, de que el período de trabajo y el tiempo de circulación representan dos fracciones iguales del período de rotación. En todos los demás casos, cualquiera que sea la desigualdad existente entre los dos períodos que forman el ciclo de rotación, los movimientos de los dos capitales se entrecruzan, como ocurre en los ejemplos I y III ya antes de iniciarse el segundo período. El capital adicional II, conjuntamente con una parte del capital I, forma el capital movilizado en el segundo período de la rotación, mientras que el resto del capital I se recupera y pone a contribución para la función primitiva del capital II. Aquí, el capital activo durante el período de circulación del capital mercancías no se identifica con el capital II primitivamente desembolsado para este fin, pero es igual a él en valor y forma la misma parte alícuota del capital global desembolsado. eclipsesexual Al estudiar la circulación simple de mercancías (libro I, cap. III, 2 [pp. 69–79]) vimos que, aun cuando dentro de la circulación de cada cantidad determinada de mercancías su forma–dinero tiende siempre a disminuir, el dinero que en la metamorfosis de una mercancía tiende necesariamente a desaparecer de manos de uno, ocupa su puesto en manos de otro, lo que quiere decir que el cambio o la reposición no sólo versan siempre sobre mercancías, sino que este cambio o esta reposición se efectúan siempre por medio de dinero o acompañados por él. “Al sustituirse una mercancía por otra, queda siempre adherida a una tercera mano la mercancía–dinero La circulación suda constantemente dinero” (libro I, [ pp, 77 s.] Este mismo hecho se expresa, a base de la producción capitalista de mercancías, en la circunstancia de que una parte del capital existe constantemente en forma de capital–dinero y de que una parte de plusvalía se halla también constantemente bajo forma de dinero en manos de su poseedor. escort independiente en Barcelona 1º A. Smith sólo habla aquí expresamente de la reproducción simple, sin referirse a la reproducción en escala ampliada o acumulación; y habla solamente de los gastos destinados al sostenimiento (maintaining) del capital en funciones. El ingreso “neto” equivale a la parte del producto anual, sea de la sociedad o del capitalista individual que puede destinarse al “fondo, de consumo”, pero sin que el volumen de este fondo pueda mermar el capital en activo (encroach upon capital). Por consiguiente, hay una parte de valor del producto, tanto del individual como del social, que no entra en el salario ni en la ganancia ni en la renta del suelo, sino en el capital. escort Madrid Trasladémonos ahora de la luminosa isla de Robinson a la tenebrosa Edad Media europea. Aquí, el hombre independiente ha desaparecido; todo el mundo vive sojuzgado: siervos y señores de la gleba, vasallos y señores feudales, seglares y eclesiásticos. La sujeción personal caracteriza, en esta época, así las condiciones sociales de la producción material como las relaciones de vida cimentadas sobre ella. Pero, precisamente por tratarse de una sociedad basada en los vínculos personales de sujeción, no es necesario que los trabajos y los productos revistan en ella una forma fantástica distinta de su realidad. Aquí, los trabajos y los productos se incorporan al engranaje social como servicios y prestaciones. Lo que constituye la forma directamente social del trabajo es la forma natural de éste, su carácter concreto, y no su carácter general, como en el régimen de producción de mercancías. El trabajo del vasallo se mide por el tiempo, ni más ni menos que el trabajo productivo de mercancías, pero el siervo sabe perfectamente que es una determinada cantidad de su fuerza personal de trabajo la que invierte al servicio de su señor. El diezmo abonado al clérigo es harto más claro que las bendiciones de éste. Por tanto, cualquiera que sea el juicio que nos merezcan los papeles que aquí representan unos hombres frente a otros, el hecho es que las relaciones sociales de las personas en sus trabajos se revelan como relaciones personales suyas, sin disfrazarse de relaciones sociales entre las cosas, entre los productos de su trabajo. Acompañantes Por lo tanto, lo sorprendente, en esta legislación inglesa de 1867, es, de una parte, la necesidad en que se ve el parlamento de las clases gobernantes de aceptar en principio una serie de medidas tan extraordinarias y tan extensas contra los excesos de la explotación capitalista; de otra parte, la mediocridad, la repugnancia y la mala fe con que las lleva a la práctica. videos de modelos Pero en el mismo grado en que se desarrolla la forma del valor en general, se desarrolla también la antítesis entre sus dos polos, entre la forma relativa del valor y la forma equivalencial. escorts La revolución continental de 1848-1849 repercutió también en Inglaterra. Hombres que todavía aspiraban a tener cierta importancia científica, a ser algo más que simples sofistas y sicofantes de las clases dominantes, esforzábanse en armonizar la economía política del capital con las aspiraciones del proletariado, que ya no era posible seguir ignorando por más tiempo. Sobreviene así un vacuo sincretismo, cuyo mejor exponente es John Stuart Mill. Es la declaración en quiebra de la economía “burguesa”, expuesta ya de mano maestra, en su obra Apuntes de economía política según Stuart Mill por el gran erudito y crítico ruso N. Chernichevski.
La forma de equivalente general es una forma del valor en abstracto. Puede, por tanto, recaer sobre cualquier mercancía. Por otra parte, una mercancía sólo ocupa el puesto que corresponde a la forma de equivalente general (forma III) siempre y cuando que todas las demás mercancías la apartasen de su seno como equivalente. Hasta el momento en que esta operación no se concreta definitivamente en una clase determinada y específica de mercancías no adquiere firmeza objetiva ni vigencia general dentro de la sociedad la forma única y relativa de valor del mundo de las mercancías. contactos marbella 149 En una proclama lanzada a las “Trade Societies of England” por los obreros a quienes un “lock out” de los fabricantes de zapatos de Leicester había dejado sin trabajo, leemos: “Desde hace unos veinte años, el ramo de zapatería de Leicester se vio revolucionado por la implantación de los remaches en vez del cosido. Antes, podían conseguirse en estas fábricas buenos jornales. La industria de zapatería fue tomando grandes vuelos. Se entabló una gran competencia entre las diversas fábricas sobre cuál podía suministrar los artículos de más gusto. Hasta que, enseguida, surgió una clase peor de competencia, la que tendía a eliminar a los otros del mercado vendiendo más barato (undersell). Las consecuencias funestas de esta conducta no tardaron en revelarse en la baja de los jornales, y el descenso del precio del trabajo fue tan repentino, que hoy muchas fábricas no pagan a sus obreros más que la mitad de los salarios primitivos. Y mientras que los jornales siguen bajando, las ganancias parecen aumentar con cada nuevo cambio introducido en la tarifa del trabajo.” Los fabricantes se aprovechan de los períodos industriales más desfavorables para conseguir ganancias extraordinarias mediante una rebaja a fondo de los salarios, es decir, mediante un robo manifiesto contra el obrero, a quien se le despoja de los medios más elementales de vida. He aquí un ejemplo: se trata de la crisis del ramo textil de sedas de Coventry: “Según los datos recogidos de fabricantes y de obreros, resulta inequívocamente que se han rebajado los jornales en una proporción mayor de lo que exigían la competencia de los productores extranjeros u otras circunstancias. La mayoría de los tejedores trabaja en la actualidad con salarios reducidos en un 30 a un 40 por 100. Una pieza de cinta que hace cinco años le valía al tejedor 6 a 7 chelines, sólo le rinde ahora 3 chelines y 3 peniques o 3 chelines y 6 peniques; otros trabajos que antes se le pagaban a 4 chelines y a 4 chelines y 3 peniques, están tasados ahora en 2 chelines o 2 chelines y 3 peniques solamente. La rebaja de jornales es mayor de lo que exige la necesidad de espolear la demanda. En realidad, en muchas clases de artículos la rebaja de jornales no ha ido siquiera acompañada de una rebaja grande ni pequeña de los precios. (Informe del Comisario F. D. Longe, en Child. Emp. Comm., v. Rep. 1866, p. 114, n. l.) Acompañantes de alto standing Hasta aquí, hemos observado el instinto de prolongación de la jornada, el hambre insaciable de trabajo excedente, en un terreno en que los abusos desmedidos, no sobrepujados, como dice un economista burgués de Inglaterra, por las crueldades de los españoles contra los indios en América,31 obligaron por fin a atar el capital a las cadenas de la ley. Volvamos ahora la vista a algunas ramas de la producción en que el estrujamiento de la fuerza de trabajo del obrero se halla aún, o se hallaba hasta hace poco, libre de toda traba. posicionamiento web El régimen específicamente capitalista de producción, el desarrollo a él inherente de la fuerza productiva del trabajo, y los cambios que este desarrollo determina en cuanto a la composición orgánica del capital, no sólo avanzan a medida que progresa la acumulación o crece la riqueza social, sino que avanzan con rapidez incomparablemente mayor, pues la simple acumulación o el aumento absoluto del capital global de la sociedad va acompañado por la centralización de sus elementos individuales, y la transformación técnica del capital adicional por la transformación técnica del capital primitivo. Así, pues, al progresar la acumulación, cambia la proporción entre el capital constante y el variable, sí originariamente era de 1:1, ahora se convierte en 2:1, 3:1, 4:1, 5:1, 7:1, etc., por donde, como el capital crece, en vez de invertirse en fuerza de trabajo ½ de su valor total sólo se van invirtiendo, progresivamente, 1/3, 1/4, 1/5, 1/6, 1/8, etc., invirtiéndose en cambio 2/3, 3/4, 4/5, 5/6, 7/8, etc., en medios de producción. Y como la demanda de trabajo no depende del volumen del capital total, sino solamente del capital variable, disminuye progresivamente a medida que aumenta el capital total, en vez de crecer en proporción a éste, como antes suponíamos. Decrece en proporción a la magnitud del capital total y en progresión acelerada conforme aumenta esta magnitud. Es cierto que al crecer el capital total crece también el capital variable, y por tanto la fuerza de trabajo absorbida por él, pero en una proporción constantemente decreciente. Los intervalos durante los cuales la acumulación se traduce en un simple aumento de la producción sobre la base técnica existente, van siendo cada vez más cortos. Ahora, para absorber un determinado número adicional de obreros y aun para conservar en sus puestos, dada la metamorfosis constante del capital primitivo, a los que ya trabajan, se requiere una acumulación cada vez más acelerada del capital total. Pero no es sólo esto. Además, esta misma acumulación y centralización creciente se trueca, a su vez, en fuente de nuevos cambios en cuanto a la composición del capital, impulsando nuevamente el descenso del capital variable para hacer que aumente el constante. Este descenso relativo del capital variable, descenso acelerado con el incremento del capital total y que avanza con mayor rapidez que éste, se revela, de otra parte, invirtiéndose los términos, como un crecimiento absoluto constante de la población obrera, más rápido que el del capital variable o el de los medios de ocupación que éste suministra. Pero este crecimiento no es constante, sino relativo: la acumulación capitalista produce constantemente, en proporción a su intensidad y a su extensión, una población obrera excesiva para las necesidades medías de explotación del capital, es decir, una población obrera remanente o sobrante. presupuestos artes graficas El dinero considerado como dinero y el dinero considerado como capital no se distinguen, de momento, más que por su diversa forma de circulación. discotecas en españa Como sistema orgánico de máquinas de trabajo movidas por medio de un mecanismo de trasmisión impulsado por un autómata central, la industria maquinizada adquiere aquí su fisonomía más perfecta. La máquina simple es sustituida por un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena toda la fábrica y cuya fuerza diabólica, que antes ocultaba la marcha rítmica, pausada y casi solemne de sus miembros gigantescos, se desborda ahora en el torbellino febril, loco, de sus innumerables órganos de trabajo. Oscus 97 “Se resistían a aceptar una jornada de más de 12 horas de trabajo, sobre todo porque esta jornada era lo único que les quedaba ya de la legislación de la república.” (Rep. of Insp. of Fact. 31 st Oct. 1856, p. 80). La ley francesa de 5 de septiembre de 1856 sobre la jornada de 12 horas. edición aburguesada del decreto dado por el gobierno provisional el 2 de marzo de 1848, era aplicable a todos los talleres sin distinción. Antes de esta ley, en Francia la jornada de trabajo era ilimitada. En las fábricas se trabajaban 14. 15 y más horas al día. Véase M. Blanqui, Des Classes øuvrières en France, pendant l’année 1848. M. Blanqui, el economista, no el revolucionario, había recibido del gobierno el encargo de investigar la situación de los obreros. www.wmailbox.com 55 Reynolds Paper, enero de 1866. Semana tras semana, este periódico publica, entre los Sensational headings, Fearfull and fatal accidents, Appalling tragedies, etc., toda una lista de nuevas catástrofes ferroviarias. A esto, contesta un obrero de la Borth Staffordliníe: “Todo el mundo sabe cuáles son las consecuencias, sí la atención del maquinista o del fogonero se paraliza durante un instante. ¿Y puede evitarse que esto ocurra, cuando se prolonga desmedidamente el trabajo, con un tiempo espantoso, sin pausas ni descansos? Baste tomar como ejemplo un caso que ocurre todos los días. El lunes pasado, un fogonero se hizo cargo del servicio al amanecer y lo abandonó después de 14 horas y 50 minutos de trabajo. No había tenido tiempo de tornar siquiera el té, cuando volvieron a llamarle para ocupar de nuevo su puesto. Este hombre trabajó ininterrumpidamente 29 horas y 15 minutos. Los demás días de la semana, trabajó el siguiente número de horas: miércoles, 15: jueves, 15 horas y 35 minutos; viernes, 14 horas y medía: sábado. 14 horas y 10 minutos; en total, 88 horas y 44 minutos en una semana. Imaginaos su asombro, cuando vio que sólo le pagaban el jornal de 6 días de trabajo. Como era nuevo, preguntó cuánto era un día de trabajo. Respuesta: 13 horas, o sean 78 horas a la semana. ¿Por qué no se le pagaban, entonces, las otras 10 horas y 40 minutos? Por fin, después de mucho batallar. consíguió que le abonasen 10 peniques más.” Periódico citado, núrnero de 4 de febrero de 1866.